El Castillo

El Castillo

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—No conoces el castillo —dijo el posadero en voz baja.

—Es cierto —dijo K—, no se debe de juzgar con anticipación. Por el momento, del castillo no sé más que allí saben elegir al agrimensor adecuado. Tal vez haya otras ventajas.

Dicho esto, se levantó para liberarse del posadero que, intranquilo, no cesaba de morderse los labios. Desde luego no se podía ganar fácilmente la confianza de ese hombre.

Mientras K se alejaba le llamó la atención un retrato oscuro en un marco también oscuro. Ya se había fijado en él desde su lecho, pero no había podido apreciar los detalles desde esa distancia y creía que el cuadro había sido retirado quedando sólo una mancha negra. Pero, como podía comprobar ahora, se trataba de un cuadro, el busto de un hombre de unos cincuenta años. Mantenía la cabeza tan inclinada sobre el pecho que apenas se podían distinguir los ojos; esa inclinación parecía causada por la elevada y pesada frente y una nariz grande y aguileña. La barba, a causa de la posición de la cabeza, permanecía aplastada contra el mentón, pero volvía a recobrar su amplitud más abajo. La mano izquierda se hundía abierta en los cabellos, como si quisiese levantar la cabeza sin conseguirlo.

—¿Quién es? —preguntó K—. ¿El conde?


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