El Castillo
El Castillo Era evidente que ni los ayudantes, a quienes habían dejado de observar hacía tiempo, ni Mizzi, habían encontrado el expediente, pero luego lo habían querido guardar todo en el armario y no les había sido posible debido al gran desorden causado. Entonces a los ayudantes se les había ocurrido algo y era lo que estaban ejecutando. Habían volcado el armario en el suelo, lo habían llenado de expedientes, se habían sentado luego con Mizzi sobre la puerta del armario e intentaban ahora presionarla para que se cerrase.
—Así que no han encontrado el expediente —dijo el alcalde—, es una lástima, pero ya conoce la historia, en realidad ya no necesitamos el expediente, aunque tendremos que encontrarlo, probablemente se halle en casa del maestro, en la que aún se encuentran muchos expedientes. Pero ven con la vela, Mizzi, y léeme esta carta.
Mizzi se acercó y pareció aún más gris e insignificante que cuando estaba sentada al borde de la cama y se apretaba contra el voluminoso hombre que la tenía rodeada con el brazo. Su pequeño rostro llamó la atención ahora a la luz de la vela, con sus arrugas severas sólo suavizadas por el decaimiento causado por la edad. No hizo nada más que mirar la carta y dobló las manos.
—De Klamm —dijo.