El Castillo
El Castillo —Claro —dijo K—, pero aún comprendo mejor que aquà se ha cometido un terrible abuso conmigo y quizá, incluso, con las leyes. Sabré defenderme, por mi parte, contra todo esto.
—¿Qué pretende hacer? —preguntó el alcalde.
—Eso no se lo puedo decir —dijo K.
—No quiero meterme donde no me llaman —dijo el alcalde—, pero quiero recordarle que usted, en mÃ, tiene, no quiero decir un amigo, pues somos completamente extraños, pero sÃ, en cierto modo, un compañero de negocios. Lo único que no concedo es que se le haya contratado como agrimensor, pero por lo demás siempre se puede dirigir a mà con confianza, aunque, ciertamente, dentro de los lÃmites de mi poder, que no es muy grande.
—Usted repite una y otra vez —dijo K— que debo ser contratado como agrimensor, pero ya he sido contratado, aquà tiene la carta de Klamm.
—La carta de Klamm —dijo el alcalde— es valiosa y honrosa con la firma de Klamm, que parece verdadera, pero…, no, aquà no me atrevo a decir nada. ¡Mizzi! —exclamó entonces—. ¿Qué estáis haciendo?