El Castillo
El Castillo —Sà —dijo el alcalde con una sonrisa irónica y, sin embargo, agradecida—, es la más importante. Y en lo que concierne a Brunswick: si pudiéramos excluirlo de la comunidad, casi todos serÃamos felices y Lasemann no menos que los demás. Pero en aquella época Lasemann ganó algo de influencia; desde luego no es un orador, pero sà un gritón y eso les basta a algunos. Y asà ocurrió que me vi obligado a presentar el caso ante el consejo municipal, por lo demás el único éxito de Brunswick, pues, naturalmente, el consejo municipal, en su gran mayorÃa, no querÃa saber nada de un agrimensor. También esto ocurrió hace mucho tiempo, pero el asunto nunca ha llegado a tranquilizarse del todo, en parte por la escrupulosidad de Sordini, quien intentó averiguar los motivos tanto de la mayorÃa como de la oposición mediante las comprobaciones más cuidadosas, en parte por la necedad y el celo de Brunswick, que mantiene diversas relaciones personales con la administración y que ponÃa en movimiento con nuevas invenciones de su fantasÃa. Sordini, sin embargo, no se dejó embaucar —¿cómo podrÃa embaucar Brunswick a Sordini?—, pero, incluso para no dejarse embaucar, era necesario iniciar nuevas averiguaciones y antes de que se hubiesen concluido, a Brunswick ya se le habÃa ocurrido algo nuevo, pues es muy dinámico, eso forma parte de su necedad. Y ahora llego a una caracterÃstica especial de nuestro aparato administrativo. Debido a su precisión también es extremadamente sensible. Cuando se ha ponderado un asunto durante mucho tiempo, puede ocurrir, sin que las consideraciones se hayan terminado, que surja repentinamente, como un rayo, una decisión del caso en un lugar impredecible e ilocalizable, una decisión que termina con él de manera arbitraria aunque, la mayorÃa de las veces, de forma correcta. Es como si el aparato administrativo no hubiese podido soportar más la tensión causada por la irritación de tantos años debido a la misma insignificante cuestión, y hubiese tomado por sà misma la decisión, sin la colaboración de los funcionarios. Naturalmente, no se ha producido ningún milagro y con toda certeza ha sido algún funcionario quien ha escrito la conclusión o tomado una decisión ágrafa, pero en todo caso, al menos por nuestra parte o por la de la administración, no se puede afirmar qué funcionario ha decidido en esa ocasión y por qué motivos. Son los órganos de control los que pueden constatarlo mucho después, aunque nosotros ya no lo sabremos nunca, además tampoco se interesarÃa nadie más por eso. Como he dicho, sin embargo, esas decisiones son la mayorÃa de las veces excelentes, sólo molesta de ellas que, como acostumbra a ocurrir, de esas decisiones sólo se sabe mucho después y, por lo tanto, mientras, se sigue discutiendo apasionadamente sobre el asunto ya decidido hace tiempo. No sé si en su caso se produjo una decisión semejante —hay circunstancias que hablan a favor y otras en contra—, pero si hubiera ocurrido, entonces le habrÃan enviado a usted el contrato y habrÃa realizado el largo viaje hasta aquÃ; mientras, habrÃa transcurrido mucho tiempo y Sordini habrÃa seguido trabajando en el mismo asunto hasta la extenuación, Brunswick habrÃa seguido intrigando y yo habrÃa sido atormentado por los dos. Me limito a indicar esa posibilidad, con certeza sólo sé lo siguiente: un organismo de control descubrió entretanto que del departamento A salió hace muchos años una interpelación a la comunidad referente a un agrimensor sin que hasta ese momento hubiese llegado una respuesta. Me volvieron a preguntar y se volvió a aclarar toda la cuestión, el departamento A se quedó satisfecho con la respuesta de que no se necesitaba ningún agrimensor, y Sordini tuvo que reconocer que ese caso no habÃa entrado en su ámbito de competencias y que, ciertamente sin culpa, habÃa realizado un trabajo inútil y agotador. Si no se hubiera vuelto a acumular tanto trabajo de todas partes, como siempre, y si su caso no hubiese sido uno muy pequeño —casi se puede decir el más pequeño entre los pequeños—, todos habrÃamos podido respirar, creo que incluso Sordini, sólo Brunswick se mostró rencoroso, pero era algo ridÃculo. Y ahora imagÃnese, señor agrimensor, mi decepción, cuando, después de la conclusión feliz de todo el asunto —y también ha pasado mucho tiempo de eso—, usted aparece repentinamente y parece como si todo el caso tuviese que comenzar de nuevo. Comprenderá muy bien que estoy firmemente decidido, en lo que a mà concierne, a no permitirlo.