El Castillo

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—Oh, señor alcalde —dijo K—, ahora es usted otra vez el que ve algo con demasiada claridad. Le enumeraré algunas cosas que me retienen aquí: los sacrificios que hice para salir de mi casa; el largo y penoso viaje; las esperanzas fundadas que me hice a causa de la contratación; mi completa falta de capital; la imposibilidad de encontrar un trabajo en casa y, finalmente, y no la menor, mi novia, que es de aquí.

—¡Ah, Frieda! —dijo el alcalde sin sorpresa alguna—. Ya sé. Pero Frieda le seguiría a cualquier parte. En lo que respecta al resto, aquí son necesarias algunas consideraciones e informaré sobre ello en el castillo. Si se emitiese una decisión o fuese necesario otro interrogatorio, iré a recogerle. ¿Está de acuerdo?

—No, en absoluto —dijo K—, no quiero ningún regalo compasivo del castillo, sino mi derecho.

—Mizzi —dijo el alcalde a su esposa, que aún permanecía sentada en la cama y apretada contra él y que jugueteaba soñadora con la carta, de la que había hecho un barquito. K se la quitó asustado—. Mizzi, la pierna comienza de nuevo a dolerme mucho, tendremos que renovar la compresa.

K se irguió.

—Entonces ha llegado el momento de despedirme —dijo.

—Sí —dijo Mizzi, quien había comenzado a aplicar una pomada—, la corriente de aire es muy fuerte.


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