El Castillo

El Castillo

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Si en esas palabras había cierto desprecio, o no se notó o, por el contrario, se supuso. Precisamente ante K, que ni siquiera era lo suficientemente digno para ser visto por Klamm, aunque sólo fuera casualmente, se detallaban los méritos de un hombre perteneciente al estrecho círculo de Klamm con la intención sin disimulo de obligarle a mostrar reconocimiento y alabanzas. Y, sin embargo, K no se daba cuenta; él, que se esforzaba con todas sus energías por conseguir una mirada de Klamm, no valoraba lo suficiente el puesto de un Momus, que podía vivir ante Klamm; lejos estaban de él la admiración o incluso la envidia, pues no consideraba su proximidad lo más deseable, él, sólo él, con sus deseos y con los de nadie más, era quien tenía que acercarse a Klamm, y acercarse, no para descansar a su lado, sino para adelantarle en su camino hacia el castillo.

Y después de mirar la hora en su reloj, dijo:

—Ahora debo irme a casa.

En ese momento cambió de inmediato la situación a favor de Momus.

—Sí, es cierto —dijo éste—, los deberes del bedel de la escuela le llaman. Pero antes me tendrá que dedicar un minuto. Se trata de unas preguntas cortas.

—No tengo ganas —dijo K, y quiso irse hacia la puerta.

Momus golpeó una de las actas contra la mesa y se levantó:


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