El Castillo
El Castillo —¿Cómo es posible, señora posadera —dijo K—, que en un principio haya intentado impedirme que llegase hasta Klamm y que ahora torne tan en serio mi solicitud y, en cierto modo, me considere perdido después del fracaso de mis planes? Si al principio se me desaconsejó con toda sinceridad que intentase llegar a Klamm, ¿cómo es posible que ahora se me impulse hacia adelante, al parecer con la misma sinceridad, en el camino hacia Klamm, por más que no conduzca hasta él?
—¿Le impulso hacia adelante? —preguntó la posadera—. ¿Acaso significa impulsarle hacia adelante decirle que sus intentos carecen de esperanza de éxito? SerÃa, verdaderamente, lo máximo en osadÃa, si asà quisiese descargar sobre mà una responsabilidad que le concierne a usted. ¿Es quizá la presencia del señor secretario lo que le motiva a ello? No, señor agrimensor, yo no le impulso a nada. Sólo puedo reconocer una cosa, que yo, cuando le vi por primera vez, quizá le estimé demasiado. Su rápida victoria sobre Frieda me asustó, no sabÃa de lo que aún podrÃa ser capaz, yo querÃa impedir males mayores y creà poder conseguirlo si le conmocionaba con amenazas y súplicas. Mientras tanto he aprendido a pensar con más tranquilidad sobre todo. Puede hacer lo que quiera, sus actos podrán dejar, a lo mejor, afuera, en la nieve del patio, profundas huellas, pero nada más.