El Castillo

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—No —dijo Momus—, ¿para qué? Klamm no puede leer todas las actas, en realidad no lee ninguna. «¡Dejadme en paz con vuestras actas!», suele gritarnos.

—Señor agrimensor —se quejó la posadera—, me agota con esas preguntas. ¿Acaso es necesario o siquiera deseable que Klamm lea esa acta y tome conciencia literal de las naderías de su vida? ¿No preferiría pedir humildemente que ocultasen ese expediente a Klamm, una petición, por lo demás, tan irrazonable como la primera —quién puede ocultar algo a Klamm— algo que, sin embargo, revelaría en usted un carácter más simpático? ¿Y es necesario para eso que usted denomina su esperanza? ¿No ha declarado que quedaría satisfecho, si sólo tuviese la oportunidad de hablar delante de Klamm, aun en el caso de que él no le viera y ni siquiera le escuchara? ¿Y no alcanza mediante este expediente al menos eso, aunque quizá mucho más?

—¿Mucho más? —preguntó K—. ¿De qué manera?





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