El Castillo

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K no temía las amenazas de la posadera, ya estaba cansado de las esperanzas con las que intentaba hacerle caer en la trampa. Klamm estaba lejos, una vez la posadera había comparado a Klamm con un águila y eso le había parecido a K ridículo; ahora ya no, pensaba en su lejanía, en su inexpugnable morada, en su silencio continuo, quizá sólo interrumpido por gritos que K jamás había oído, en su mirada penetrante que nunca se dejaba contrariar ni poner en evidencia, en sus círculos, indestructibles por la profundidad de K, que trazaba arriba según leyes incomprensibles, sólo visibles en algún instante, todo eso tenían en común Klamm y el águila. El acta no tenía nada que ver con todo eso, esa acta sobre la cual Momus despedazaba en ese momento una rosquilla con la que iba a acompañar la cerveza y con la que cubrió todos los papeles de sal y comino.

—Buenas noches —dijo K—, siento aversión contra todos los interrogatorios.

Y realmente se fue hacia la puerta.

—Pues se va —dijo Momus casi atemorizado a la posadera.

—No se atreverá —dijo ella.


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