El Castillo

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Pero K no pudo oír nada más, ya se encontraba en el pasillo. Hacía frío y soplaba un fuerte viento. De la puerta de enfrente salió el posadero, parecía como si detrás de ella, por un agujero, hubiese vigila do el pasillo. Se sujetaba los faldones de la chaqueta, tan fuerte soplaba el viento en el pasillo.

—¿Ya se va, señor agrimensor? —dijo.

—¿Se asombra de ello? —preguntó K.

—Sí —dijo el posadero—. Entonces, ¿no le han interrogado?

—No —dijo K—, no me dejo interrogar.

—¿Por qué? —preguntó el posadero.

—No sé por qué razón me debería dejar interrogar, por qué me tengo que someter a una broma o a un capricho administrativo. Tal vez lo hubiese hecho en otra ocasión para matar el tiempo, pero hoy no.

—Sí, claro —dijo el posadero, pero era una anuencia cortés, carente de convicción—. Tengo que dejar entrar al servicio en la taberna —dijo después—, ya hace tiempo que ha pasado su hora. No quería importunar el interrogatorio.

—¿Lo consideraba tan importante? —preguntó K.

—Oh, sí —dijo el posadero.

—Entonces, ¿no tendría que haberme negado? —preguntó K.

—No —dijo el posadero—, no lo debería haber hecho.


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