El Castillo

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—Barnabás —dijo K, y le afectó profundamente que Barnabás no comprendiese que en tiempos tranquilos su chaqueta brillase, pero que cuando había problemas, no supusiese ninguna ayuda; en él sólo se podía encontrar una resistencia muda, resistencia contra la que no se podía luchar, pues él mismo estaba indefenso, sólo brillaba su sonrisa, pero era de tan poca ayuda como las estrellas arriba contra la tormenta allí abajo.

—Mira lo que me escribe el señor —dijo K, y mantuvo la carta ante su rostro—. El señor está mal informado, no hago ningún trabajo de agrimensura y lo valiosos que son los ayudantes, bueno, eso ya lo sabes tú mismo. Y el trabajo que no hago no lo puedo interrumpir, ¡si ni siquiera puedo despertar el enojo del señor, cómo voy a ganarme su reconocimiento! Y confiado, desde luego, no lo estaré nunca.

—Yo lo intentaré arreglar —dijo Barnabás, que todo el tiempo había pasado la vista por la carta, pero no la había podido leer, ya que la tenía pegada al rostro.

—¡Ay! —dijo K—, me prometes que lo vas a arreglar, pero ¿puedo creerte realmente? ¡Necesito tanto a un mensajero digno de confianza, ahora más que nunca!

K se mordiĂł los labios de impaciencia.


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