El Castillo
El Castillo —Señor —dijo Barnabás con una ligera inclinación del cuello. K estuvo a punto de dejarse seducir y creer a Barnabás—, yo lo arreglaré, también lo último que me pediste.
—¡Cómo! —gritó K—. ¿Aún no lo has arreglado? ¿No estuviste al dÃa siguiente en el castillo?
—No —dijo Barnabás—, mi buen padre es viejo, ya lo has visto, y habÃa mucho trabajo, tuve que ayudarle, pero ahora podré ir pronto al castillo.
—Pero ¿qué haces, ser descabellado? —exclamó K, y se dio una palmada en la frente—, ¿acaso no tienen prioridad ante todo los asuntos de Klamm? ¿Tienes el cargo superior de un mensajero y lo ejerces con tal desvergüenza? ¿A quién le preocupa el trabajo de tu padre? Mamm espera noticias y tú, en vez de precipitarte a llevárselas, prefieres sacar la porquerÃa del establo.
—Mi padre es zapatero —dijo Barnabás impertérrito—, tenÃa encargos de Brunswick y yo soy el ayudante de mi padre.
—¡Encargos-zapatos-Brunswick! —gritó K amargado, como si hiciese inservibles para siempre cada una de las palabras—. ¿Y quién necesita aquà zapatos en los caminos siempre vacÃos, y qué me importan a mà todos los zapatos del mundo? Te he confiado un mensaje, no para que lo olvides en un banco de zapatero, sino para que lo lleves de inmediato al señor.