El Castillo

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K se tranquilizó un poco al ocurrírsele que probablemente Klamm no había permanecido todo el tiempo en el castillo, sino en la posada de los señores, pero Barnabás volvió a irritarle cuando comenzó a recitar el primer mensaje para demostrarle que no lo había olvidado.

—Basta, no quiero saber más —dijo K.

—No te enfades conmigo, señor —dijo Barnabás y, como si quisiera castigarle inconscientemente, apartó su mirada y bajó los ojos, pero no era más que consternación por los gritos de K.

—No me he enfadado contigo —dijo K, y su intranquilidad se volvió contra él mismo—, no contigo, pero resulta muy perjudicial para mí sólo tener un mensajero así para las cosas importantes.

—Mira —dijo Barnabás, y pareció como si para defender su honor de mensajero dijera más de lo que podía—, Klamm no espera tus noticias, incluso se enoja cuando llego, «otra vez noticias», dijo él una vez, y la mayoría de las veces se levanta cuando me ve llegar desde lejos, se va a la habitación contigua y no me recibe. Tampoco está acordado que tenga que presentarme cada vez que tenga un mensaje; si fuese así, es obvio que me presentaría inmediatamente, pero no se ha acordado nada al respecto, y si no me presentase nunca, tampoco me reclamarían que lo hiciese. Cuando llevo un mensaje lo hago voluntariamente.


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