El Castillo
El Castillo Así seguía ocupando K sus pensamientos, aun cuando rendida por el sueño no había podido esperarlo despierta. Entonces se encendió la luz, aunque la lámpara, dado que tenía poco petróleo, apenas iluminaba. El lugar mostraba varias carencias, si bien se había caldeado; la gran habitación, que también se empleaba para hacer gimnasia —los aparatos estaban por todos lados y también colgaban del techo—, había consumido ya toda la leña disponible. Como se le aseguró a K, la temperatura había sido muy agradable, pero ahora, por desgracia, se había enfriado. En un depósito había reservas de leña, pero estaba cerrado y el maestro era quien tenía la llave, además, sólo permitía que se sacase leña para calentar durante las horas de clase. Hubiera sido soportable, si hubiesen dispuesto de camas para poder huir del frío en ellas, pero no había nada excepto un jergón de paja, cubierto, lo que era digno de aprecio, por un mantón de lana perteneciente a Frieda, pero sin colchón de plumas y sólo con dos cobertores rígidos y bastos que apenas calentaban. E incluso los ayudantes miraban con codicia ese jergón de paja, pero, naturalmente, no tenían la esperanza de poder acostarse en él. Frieda miró a K con miedo; que podía hacer habitable incluso la habitación más miserable, era algo que había demostrado en la posada del puente, pero aquí no había podido lograr nada más, sin ningún medio, como en realidad había sido.