El Castillo

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K aprovechó la ocasión para quitarle las ganas a Frieda de seguir con los ayudantes, la atrajo hacia sí y terminaron juntos la comida. Entonces deberían haberse acostado, todos estaban muy cansados, uno de los ayudantes se había quedado dormido, incluso, mientras comía, eso divirtió mucho al otro y quiso convencer a K y a Frieda para que mirasen el necio rostro del durmiente, pero no lo logró, los dos se mantuvieron arriba con actitud de rechazo. Con el insoportable frío que hacía dudaban si irse a dormir, finalmente K declaró que se tenía que volver a caldear la habitación, en otro caso sería imposible dormir. Buscó un hacha o alguna herramienta parecida, los ayudantes sabían de un hacha y la trajeron; a continuación se fue al depósito de leña. En poco tiempo había logrado romper la puerta; encantados, como si no hubiesen experimentado en su vida nada mejor, persiguiéndose y empujándose mutuamente, los ayudantes comenzaron a llevar leña a la habitación; en poco tiempo ya habían acumulado un buen montón, así que encendieron la calefacción, se sentaron alrededor, a los ayudantes les dieron un cobertor, para arroparse con él, y eso bastó, porque acordaron que uno de ellos siempre vigilaría el fuego para mantenerlo, pero poco después hacía tanto calor que ya no necesitaron los cobertores, se apagó la lámpara y, felices por el calor y la calma, Frieda y K se echaron a dormir.


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