El Castillo
El Castillo Cuando K se despertó por la noche a causa de un ruido y tocó somnoliento en el lugar donde debía estar Frieda, comprobó que en vez de ella a su lado estaba uno de los ayudantes. Fue, probablemente debido a la irritación que ya trajo consigo el ser despertado de repente, el mayor susto que había tenido desde que había llegado al pueblo. Se levantó dando un grito y sin pensarlo le dio al ayudante tal puñetazo que comenzó a llorar. El malentendido, sin embargo, se aclaró en seguida. Frieda se había despertado porque —al menos eso se había figurado— un animal grande, probablemente un gato, le había saltado al pecho y luego se había escapado. Ella se había levantado y buscado al animal por toda la habitación. Eso lo había aprovechado uno de los ayudantes para disfrutar un poco del placer del jergón de paja, lo que ahora pagaba amargamente. Frieda, sin embargo, no pudo encontrar nada, quizá sólo fuera pura imaginación, regresó con K y en el camino, como si hubiese olvidado la conversación nocturna, acarició el pelo del ayudante lloroso para confortarle. K no dijo nada, se limitó a ordenar al ayudante que dejase ya de vigilar el fuego, pues con el consumo de casi toda la leña reunida ya hacía demasiado calor.