El Castillo
El Castillo Por la mañana se despertaron cuando los primeros niños de la escuela ya estaban allí y rodeaban con curiosidad a los durmientes. Fue algo desagradable porque a causa del calor, que ahora, sin embargo, por la mañana, había dado lugar a un frío respetable, se habían quitado todos hasta la camisa y precisamente cuando comenzaban a vestirse apareció en la puerta Gisa, la maestra, una mujer joven, alta, rubia y hermosa, aunque algo rígida. Había sido visiblemente preparada para tratar al nuevo bedel y había recibido instrucciones del maestro, pues ya en el umbral dijo:
—Esto no lo puedo tolerar. Pues sí, bonita situación. Tienen simplemente el permiso de dormir en la clase, pero yo no tengo la obligación de dar clase en su dormitorio. Una familia que duerme hasta casi el mediodía, ¡era lo que nos faltaba!