El Castillo
El Castillo Bueno, contra eso se podrÃa decir bastante, especialmente en lo que se referÃa a la familia y a las camas, pensó K, mientras él y Frieda —los ayudantes no podÃan ayudar, se limitaban a mirar perplejos, desde el suelo, a la maestra y a los niños— empujaron a toda prisa el potro y las barras, los cubrieron con el cobertor y asà crearon un espacio en el cual, asegurados contra las miradas de los niños, al menos pudieron vestirse. Pero no lograron gozar de un minuto de tranquilidad. Al principio la maestra les riñó porque no habÃa agua fresca en la jofaina. Precisamente K acababa de pensar en recoger la jofaina para él y para Frieda, pero en principio renunció a ello para no irritar demasiado a la maestra, aunque esa renuncia no ayudó en nada, pues poco después se produjo una gran disputa, puesto que, desgraciadamente, se habÃan olvidado de quitar los restos de la cena de la mesa del maestro, asà que la maestra lo apartó todo con una regla y lo tiró al suelo; a la maestra no le preocupó en absoluto que se derramase el aceite de las sardinas y los restos del café, el bedel ya pondrÃa orden en todo. Aún sin estar completamente vestidos, apoyados en las barras, Frieda y K contemplaban la destrucción de su pequeña posesión, los ayudantes, que no pensaban en vestirse, espiaban, para el disfrute de los niños, por debajo del cobertor. A Frieda lo que más le dolÃa era la pérdida de la cafetera, sólo cuando K, para consolarla, le aseguró que irÃa inmediatamente a ver al alcalde y reclamarÃa una reposición, se calmó lo suficiente como para, en ropa interior como estaba, salir del recinto y recuperar al menos la tapa para impedir que se ensuciara más. Lo logró a pesar de que la maestra, para asustarla, martillaba la mesa de un modo irritante. Una vez que K y Frieda terminaron de vestirse, tuvieron, no sólo que obligar a los ayudantes, que yacÃan como embargados por los acontecimientos, con órdenes y empujones, para que se vistieran, sino que en parte tuvieron que vestirlos ellos mismos. Cuando terminaron, K repartió el trabajo. Los ayudantes tenÃan que recoger madera y calentar la habitación, pero primero en la otra clase, en la cual aún amenazaban grandes peligros, pues allà se encontraba ya probablemente el maestro. Frieda tenÃa que fregar el suelo y K traerÃa agua y ordenarÃa un poco, por ahora no se podÃa pensar en desayunar. Pero para informarse del estado de ánimo de la maestra, K querÃa salir el primero, los demás le deberÃan seguir cuando él los llamara, tomó esa medida porque no querÃa que las tonterÃas de los ayudantes volviesen a empeorar la situación y, por otra parte, porque querÃa procurar no herir a Frieda, pues ella tenÃa ambición, él no; ella era sensible, él no; ella pensaba en los pequeños horrores del presente, él, sin embargo, en Barnabás y en el futuro. Frieda siguió correctamente todas sus indicaciones, apenas apartaba los ojos de él. En cuanto salió, la maestra, acompañada de las risas de los niños, que ya no cesaron, exclamó: