El Castillo
El Castillo —¡Qué! ¿Se han quedado dormidos?
Y cuando K no se dignó responder, pues no había sido una pregunta de verdad, y se dirigió directamente al lavabo, la maestra preguntó:
—¿Qué han hecho con mi gato?
Un gato gordo y viejo yacía sobre la mesa y la maestra inspeccionaba una pata que parecía ligeramente herida. Así que Frieda había tenido razón, ese gato no había saltado sobre ella, pues parecía incapaz de saltar, pero había pasado por encima de ella, se habría asustado por la presencia de personas en la casa, se querría esconder y al realizar algún movimiento inusual causado por la prisa, se había herido. K intentó explicárselo tranquilamente a la maestra, pero ésta sólo se fijó en el resultado y dijo:
—Ya veo, le habéis herido, así os habéis presentado aquí. Mire —y llamó a K para que acudiese a la mesa, le enseñó la pata y antes de que pudiese darse cuenta, ella le hizo un arañazo en la palma de la mano. Aunque las uñas del gato estaban ocultas, la maestra, esta vez sin consideración con el gato, las presionó con tanta fuerza que produjeron unas estrías sangrientas.
—Y ahora vaya al trabajo —dijo ella con impaciencia y volvió a inclinarse sobre el gato.
Frieda, que había mirado detrás de las barras con los ayudantes, gritó al ver la sangre. K mostró la mano a los niños y dijo: