El Castillo

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—Mirad lo que me ha hecho un gato malo y astuto.

No lo dijo por los niños, cuyos gritos y risas se habían vuelto tan ingobernables que ya no necesitaban ninguna causa o estímulo, no había ninguna palabra que pudiese penetrarlos o influir en ellos. Pero como la maestra sólo respondió con una breve mirada de soslayo y continuó ocupada con el gato, quedando su furia inicial satisfecha con el castigo sangriento, K llamó a Frieda y a los ayudantes para comenzar el trabajo.

Después de que K se hubo llevado la jofaina con agua sucia y hubo traído agua fresca y cuando se disponía a fregar la clase, un niño de doce años se levantó de su asiento, tocó la mano de K y dijo algo incomprensible por el barullo. Entonces se produjo un gran silencio. K se volvió. Había ocurrido lo temido durante toda la mañana. En la puerta estaba el maestro, el hombrecillo sostenía con cada una de sus manos a un ayudante cogido por el cuello. Los había atrapado cuando recogían leña; con poderosa voz, haciendo una pausa entre cada palabra, gritó:

—¿Quién se ha atrevido a romper la puerta del depósito de leña? ¿Quién es el culpable para que lo aplaste?

Entonces se levantó Frieda del suelo, pues se esforzaba en limpiar a los pies de la maestra, miró hacia K, como si quisiese reunir fuerzas, y, no sin algo de su antigua superioridad en la voz y el gesto, dijo:


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