El Castillo
El Castillo —He sido yo, señor maestro. No se me ocurrió otra cosa. Si las clases tenían que estar caldeadas por la mañana temprano, había que abrir el depósito de leña. No me atreví a recoger la llave en su casa, pues ya era de noche, mi novio estaba en la posada de los señores, era posible que pasara la noche allí, así que tuve que tomar una decisión. Si hice mal, perdóneme mi inexperiencia, ya me ha reñido lo suficiente mi novio cuando vio lo ocurrido. Sí, incluso me prohibió que caldease la clase temprano, pues creía que al mantener cerrado el depósito de leña, usted no quería que se calentase por la mañana, al menos hasta que usted llegase. Que no se haya encendido la calefacción es culpa suya, pero de la rotura de la puerta yo soy la culpable.
—¿Quién ha roto la puerta? —preguntó el maestro a los ayudantes, quienes aún intentaban liberarse de su cautividad.
—El señor —dijeron los dos al unísono y, para que no hubiese ninguna duda, señalaron a K.
Frieda se rió, y esa risa pareció más convincente que sus palabras. A continuación, comenzó a escurrir el trapo con el que estaba fregando el suelo en el cubo, como si con su explicación el caso se hubiese concluido y el testimonio de los ayudantes no hubiese sido nada más que una broma. Cuando se agachó para continuar su labor, dijo: