El Castillo
El Castillo —Nuestros ayudantes son niños que, a pesar de su edad, deberÃan estar aquà en la escuela. Yo misma abrà la puerta del depósito de madera ayer por la noche con un hacha, fue muy fácil, no necesité a los ayudantes, sólo habrÃan importunado. Pero cuando mi novio vino por la noche y salió para inspeccionar los daños y para repararlos en lo que fuese posible, los ayudantes le siguieron después, probablemente porque tenÃan miedo de permanecer aquà solos, y vieron a mi novio trabajando delante de la puerta destrozada, por eso dicen eso ahora; ya ve, son como niños.
Mientras hablaba Frieda, los ayudantes no paraban de mover negativamente la cabeza, seguÃan señalando a K y se esforzaban por cambiar la opinión de Frieda con sus gestos, pero como no lo consiguieron, finalmente se sometieron, tomaron las palabras de Frieda como una orden y al repetirles la pregunta el maestro, ya no respondieron.
—Bueno, bueno, asà que me habéis mentido, o al menos habéis acusado injustamente al bedel.
Ellos se mantuvieron en silencio, pero su temblor y sus miradas angustiadas parecÃan indicar una conciencia culpable.
—Entonces os daré ahora mismo una paliza —dijo el maestro, y envió a uno de los niños a la otra habitación para que le trajera una palmeta. Cuando el maestro levantó la palmeta, Frieda gritó: