El Castillo
El Castillo —¡Los ayudantes han dicho la verdad!
Entonces arrojó desesperada el trapo en el cubo, salpicando con el agua, y corrió hasta detrás de las barras para esconderse.
—Un grupo de mentirosos —dijo la maestra, que acababa de ponerle la venda al gato y lo mantenÃa en el regazo, para el cual era demasiado ancho.
—Asà que nos queda el señor bedel —dijo el maestro, empujó a los ayudantes dejándolos libres y se volvió a K, que, durante todo el tiempo, habÃa estado escuchando apoyándose en el palo de la escoba.
—Este bedel, que por cobardÃa reconoce con toda tranquilidad que se inculpe a otros falsamente de sus propias bellaquerÃas.
—Bueno —dijo K, que habÃa notado que la intervención de Frieda habÃa calmado la desenfrenada furia inicial del maestro—, si los ayudantes hubiesen recibido un castigo, no me habrÃa apenado, pues ya se han salido con la suya en más de diez casos en que lo merecÃan, asà que bien podrÃan recibir un castigo aunque sea inmerecido. Pero también me hubiera convenido si se hubiera evitado un enfrentamiento directo entre usted, señor maestro, y yo, quizá también le habrÃa convenido a usted. Pero como ahora Frieda me ha sacrificado a los ayudantes —aquà K realizó una pausa, se podÃan oÃr en el silencio los sollozos de Frieda detrás del cobertor—, se tienen que aclarar las cosas.