El Castillo

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—Esto es inaudito —dijo la maestra.

—Comparto completamente su opinión, señorita Gisa —dijo el maestro—. Usted, bedel, está naturalmente despedido de inmediato por este comportamiento vergonzoso en el ejercicio de sus funciones, por ahora me reservo la sanción que seguirá, pero márchese al instante con todas sus cosas de esta casa. Para nosotros será una liberación y por fin podremos comenzar las clases. Así que dese prisa.

—Yo no me muevo de aquí —dijo K—. Usted es mi superior pero no la persona que me ha concedido este empleo, esa persona es el señor alcalde, sólo acepto su despido. Pero él no me ha dado el puesto para que me congele aquí con los míos, sino —como usted mismo dijo— para impedir actos desesperados e imprudentes por mi parte. Despedirme de repente estaría en contra de sus intenciones; mientras no oiga lo contrario de su propia boca, no lo creeré. Por lo demás, es probable que el rechazo de su imprudente despido le sea ventajoso también a usted.

—¿Así que no obedece? —preguntó el maestro.

K negó con la cabeza.

—Piénselo bien —dijo el maestro—, no se puede decir que sus decisiones siempre sean las mejores, piense por ejemplo en la tarde de ayer, cuando rechazó que le interrogasen.

—Por qué menciona eso ahora? —preguntó K.


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