El Castillo

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—Porque me da la gana —dijo el maestro—, y ahora repito por última vez: ¡fuera de aquí!

Pero como esas palabras tampoco tuvieron ningún efecto, el maestro se fue hacia la mesa y habló en voz baja con la maestra; ésta dijo algo referente a la policía, pero el maestro lo rechazó; finalmente, los dos llegaron a un acuerdo, el maestro dijo a los niños que le siguieran a la otra habitación, allí tendrían clase con los otros niños, todos juntos, ese cambio les alegró; en un instante, entre gritos y risas, la habitación se quedó vacía, el maestro y la maestra fueron los últimos en salir. La maestra llevaba el diario de clase y encima al gato, que se mantenía impertérrito. Al maestro le hubiese gustado dejar allí al gato, pero una indicación que lo sugería fue rechazada categóricamente por la maestra, haciendo una referencia a la crueldad de K, así que para colmo K le cargó el gato al maestro. Esto último influyó, evidentemente, en las últimas palabras que el maestro dirigió a K desde la puerta:

—La señorita abandona esta clase obligada por la necesidad, porque usted se niega de manera recalcitrante a aceptar mi despido y porque nadie puede reclamar de ella, una mujer joven, que imparta su clase en medio de sus sucias relaciones domésticas. Así que se queda solo y puede ponerse todo lo cómodo que quiera, sin sentirse molesto por la aversión de observadores decentes. Pero no durará mucho, se lo garantizo.


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