El Castillo
El Castillo Cuando todos abandonaron la habitación, K dijo a los ayudantes:
—¡Fuera de aquÃ!
Asombrados por esa orden repentina, obedecieron, pero en cuanto K cerró con llave la puerta detrás de ellos, gimotearon y llamaron a la puerta:
—¡Estáis despedidos! —gritó K—, jamás os volveré a tomar a mi servicio.
Pero no quisieron aceptar esa decisión y golpearon con las manos y los puños en la puerta.
—¡Queremos regresar contigo, señor! —gritaron, como si K fuese la tierra prometida y ellos no pudiesen llegar hasta ella. Pero K no tenÃa ninguna compasión, esperó impaciente hasta que el ruido insoportable obligó a intervenir al maestro. Ocurrió pronto.
—¡Deje entrar a sus malditos ayudantes! —gritó.
