El Castillo
El Castillo —¡Los he despedido! —respondió K, y tuvo el desagradable efecto colateral de mostrar lo que ocurría cuando alguien era lo suficientemente fuerte no sólo para despedir a otro, sino para ejecutar el despido. El maestro intentó aplacar bondadosamente a los ayudantes, sólo tenían que esperar allí con calma, al final K los volvería a admitir. Después de decir estas palabras, se fue. Y quizá se hubiesen calmado si K no les hubiera vuelto a gritar que estaban definitivamente despedidos y que no tenían ninguna esperanza de ser readmitidos. A continuación, volvieron a hacer ruido como al principio. De nuevo vino el maestro, pero esta vez no habló con ellos, se limitó a alejarlos de allí con la temida palmeta.