El Castillo

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—Con esas palabras no haces más que reforzar mi sentencia respecto a los ayudantes —dijo K—, jamás entrarán si puedo impedirlo. Que los he expulsado, demuestra que, bajo determinadas circunstancias, se los puede dominar y que, por tanto, no guardan ninguna relación esencial con Klamm. Ayer por la noche recibí una carta de Klamm de la que se puede deducir que está mal informado acerca de los ayudantes, de lo que también se puede deducir que le son completamente indiferentes, pues si no lo fueran habría podido recabar noticias cabales sobre ellos. Y que veas en ellos a Klamm no demuestra nada, pues aún, por desgracia, estás influida por la posadera y ves a Klamm por todas partes. Todavía eres la amante de Klamm y todavía no eres mi esposa. A veces eso me entristece profundamente, me parece como si lo hubiese perdido todo, tengo la sensación de haber venido al pueblo, pero no lleno de esperanza, como estaba en realidad cuando llegué, sino con la conciencia de que sólo me esperan decepciones y que tendré que probarlas todas hasta la raíz. Aunque esto sólo ocurre a veces —añadió K sonriendo al ver cómo Frieda se venía abajo con sus palabras—, y en el fondo demuestra algo bueno: lo que significas para mí. Y si ahora reclamas que decida entre tú y los ayudantes, los ayudantes ya han perdido. Vaya pensamiento, elegir entre los ayudantes y tú. Ahora quiero librarme definitivamente de ellos. Quién sabe, por lo demás, si la debilidad que se ha apoderado de nosotros dos no proviene de que no hemos desayunado.


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