El Castillo
El Castillo —No, no —dijo Frieda—, no hay nada que quiera menos. Su mirada cuando entrasen, su alegrÃa por volverme a ver, sus saltos de niños y sus abrazos de hombres, todo eso no podrÃa soportarlo. Pero en cuanto pienso que, si permaneces duro con ellos, quizá cierres el camino de Klamm hacia ti, deseo preservarte de las consecuencias que eso tendrÃa. Entonces sà quiero que los dejes entrar. Entonces que entren lo más rápido posible. No tengas ninguna consideración conmigo, yo no importo. Me defenderé todo el tiempo que pueda y, si tuviera que perder, bueno, perderé, pero con la conciencia de que también ha ocurrido por ti.