El Castillo
El Castillo —No sabÃa nada de todo eso —dijo K—, sólo por un presentimiento de lo que me cuentas los he expulsado, ahora ya se han ido, ahora todo está bien.
—SÃ, al fin se han ido —dijo Frieda, pero su rostro estaba atormentado, triste—, pero no sabemos quiénes son. Emisarios de Klamm, asà los llamo yo jugando con mi imaginación, aunque tal vez lo sean. Sus ojos, esos ojos simples pero centelleantes, me recuerdan en cierto modo a los ojos de Klamm, sÃ, ésa es la mirada de Klamm, que a veces me contempla a través de sus ojos. Y, por tanto, fue incorrecto cuando dije que me avergonzaba de ellos. Sólo querÃa que fuese asÃ. Pero sé que en otro lugar y con otras personas el mismo comportamiento serÃa necio y repugnante, pero con ellos no es asÃ, contemplo sus necedades con respeto y admiración. Pero si son los emisarios de Klamm, ¿quién nos liberará de ellos? Y ¿serÃa bueno que nos liberasen de ellos? ¿No tendrÃas que correr a recogerlos y alegrarte de que quisieran volver?
—¿Quieres que los vuelva a dejar entrar? —preguntó K.