El Castillo
El Castillo —¿Emisarios de Klamm? —dijo K, a quien sorprendió mucho esa designación, por muy natural que le pareciese al principio. —Emisarios de Klamm, claro —dijo Frieda—, aunque lo sean, al mismo tiempo son jóvenes pueriles que necesitan probar la palmeta para su educación. Qué jóvenes más feos y gamberros son y qué repugnante es el contraste entre sus rostros de adultos, casi de estudiantes, y su comportamiento necio e infantil. ¿Acaso crees que no me doy cuenta? Me avergüenzo de ellos. Pero aquà radica el asunto, ellos no me repudian, sino que me avergüenzo de ellos. Siempre tengo que mirarlos. Cuando debiera enojarme con ellos, me tengo que reÃr. Cuando debiera golpearlos, tengo que acariciar su pelo. Y cuando yazco a tu lado por la noche, no puedo dormir y tengo que ver cómo uno de ellos duerme enrollado en una manta y el otro permanece arrodillado ante la calefacción, vigilando que no se apague, y tengo que inclinarme hasta casi despertarte. Y no es el gato lo que me asusta, ¡ay!, conozco gatos y también conozco esos sueños agitados y constantemente turbados en la taberna, no es el gato lo que me asusta, sino yo misma. Y no necesito a ese gato monstruoso, me estremezco con el menor ruido. Temà que te despertaras y todo llegase a su fin y entonces me levanté y encendà una vela para que te despertases deprisa y me pudieses proteger.