El Castillo
El Castillo —Eso es —dijo Frieda—, de eso es precisamente de lo que hablo, eso es lo que me hace infeliz, lo que me separa de ti, aunque no conozco mayor felicidad para mà que estar contigo, continuamente, sin interrupción, sin fin; sueño que en la tierra no hay ningún lugar tranquilo para nuestro amor, ni en el pueblo ni en ningún otro sitio, y por eso me imagino una tumba, profunda y estrecha, en la que nos mantenemos abrazados como oprimidos por unas tenazas, yo oculto mi rostro en ti, tú el tuyo en mà y nadie nos ve más. Pero aquÃ… ¡mira a los ayudantes! Sus manos suplicantes no se dirigen a ti, sino a mÃ.
—Y no soy yo quien los observa —dijo K—, sino tú.
—Claro, yo —dijo Frieda casi enojada—, de eso es de lo que estoy hablando todo el rato, ¿a qué se deberÃa si no que los ayudantes me persiguieran, por más que puedan ser emisarios de Klamm?