El Castillo

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Y se fue hacia la ventana, apartó un poco las cortinas, miró hacia afuera y llamó a K. Aún se encontraban los ayudantes en la verja. Aunque estaban visiblemente cansados, de vez en cuando, haciendo acopio de todas sus fuerzas, seguían extendiendo los brazos con actitud suplicante hacia la escuela. Uno de ellos, para no tener que aferrarse continuamente había ensartado la chaqueta en una de las barras de la verja. —¡Pobres! ¡Pobres! —exclamó Frieda.

—¿Que por qué los he expulsado? —preguntó K—. La causa directa has sido tú.

—¿Yo? —preguntó Frieda sin apartar la vista de los ayudantes.

—Sí, porque has tratado con demasiada amabilidad a los ayudantes —dijo K—, por perdonarles su comportamiento maleducado, reírte de sus necedades, acariciar su pelo, tener continuamente compasión de ellos, «los pobres, los pobres», vuelves a decir, y, finalmente, el último incidente, como para ti mi precio no era muy alto, me quisiste sacrificar para rescatar del castigo a los ayudantes.



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