El Castillo
El Castillo —No —dijo K, e intentó recordar en vano algún detalle—. Son jóvenes impertinentes y ávidos, pero que te hayan importunado, eso no lo he advertido.
—¿No? —dijo Frieda—. ¿No notaste que no habÃa manera de sacarlos de nuestra habitación en la posada del puente, ni cómo vigilaban celosos nuestra relación, o cómo uno de ellos, finalmente, se echó a mi lado en el jergón de paja, o cómo han testimoniado contra ti para expulsarte, perderte y asà poder estar a solas conmigo? ¿No has notado nada de eso?
K miró a Frieda sin responder. Esas acusaciones contra los ayudantes eran verdaderas, pero también podÃan interpretarse de forma inocente, como fruto del carácter ridÃculo, infantil, inquieto y falto de dominio de los dos. Y ¿no hablaba contra la acusación de Frieda que hubiesen intentado siempre ir a todas partes con K en vez de quedarse con Frieda? K mencionó algo parecido.
—¡Pura hipocresÃa! —dijo Frieda—. Pero ¿no has podido darte cuenta? Entonces ¿por qué los has despedido si no es por estos motivos?