El Castillo
El Castillo —No puedo emigrar —dijo K—, he venido para permanecer aquÃ. Permaneceré aquà —e incurriendo en una contradicción que no hizo el esfuerzo de aclarar, añadió como si hablase consigo mismo—: ¿Qué podrÃa haberme tentado a venir a este páramo a no ser el deseo de quedarme?
A continuación, dijo:
—Pero tú también quieres quedarte aquÃ, es tu tierra. Sólo que echas de menos a Klamm y eso hace que te desesperes.
—¿Que echo de menos a Klamm? —dijo Frieda—, aquà hay Klamm en exceso, demasiado Klamm; para escapar de él quiero salir de aquÃ. No echo de menos a Klamm, sino a ti. Por ti quiero irme, porque no puedo tener suficiente de ti, aquÃ, donde todos tiran de mÃ. Cómo me gustarÃa quitarme esta bonita máscara y con el cuerpo miserable poder vivir contigo en paz.
K sólo prestó atención a una cosa.
—¿Klamm está aún en contacto contigo? —preguntó en seguida—. ¿Te llama?
—No sé nada de Klamm —dijo Frieda—, hablo de otros, por ejemplo de los ayudantes.
—¡Ah!, los ayudantes —dijo K sorprendido—. ¿Te acosan?
—¿Acaso no lo has notado? —preguntó Frieda.