El Castillo
El Castillo —Sà —dijo Frieda, y miró ante sà con tristeza—, tendrÃas que haberme dejado allÃ. No valgo lo suficiente para vivir contigo. Liberado de mÃ, quizá podrÃas conseguir todo lo que quieres. En consideración a mà te sometes a ese maestro tiránico, asumes este puesto miserable, solicitas fatigosamente una entrevista con Klamm. Todo lo haces por mÃ, pero yo te lo pago mal.
—No —dijo K, y la rodeó consolador con su brazo—, todo eso no son más que pequeñeces que a mà no me dañan y en realidad a Klamm sólo le quiero ver por ti. ¡Y todo lo que tú has hecho por mÃ! Antes de conocerte, aquà estaba completamente extraviado, nadie me aceptaba, y cuando los obligaba me despedÃan a toda prisa. Y si pudiese haber encontrado tranquilidad con alguien, eran personas de las que tenÃa que huir, como por ejemplo Barnabás.
—Huiste de ellos, ¿verdad, querido? —exclamó Frieda con viveza y después de oÃr el dubitativo «sû de K volvió a caer en su apatÃa. Pero K tampoco poseÃa la tenacidad para explicar qué es lo que gracias a Frieda habÃa tomado un camino favorable. Soltó lentamente el brazo que la rodeaba y se quedaron un rato sentados y en silencio, hasta que Frieda, como si el brazo de K le hubiese transmitido calor, dijo:
—No soportaré esta vida. Si quieres que siga contigo, tenemos que emigrar, a cualquier lado, al sur de Francia o a España.