El Castillo

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En la penumbra de la habitación K fue hacia las barras para ver a Frieda. Ante su mirada ella se levantó, se arregló el pelo, se secó el rostro y se puso en silencio a hacer el café. Aunque ella lo sabía todo, K le informó formalmente de que había despedido a los ayudantes. Ella se limitó a asentir con la cabeza. K se sentó en un pupitre y observó sus cansados movimientos. Siempre había sido la frescura y la tenacidad lo que había embellecido la futilidad de su cuerpo, ahora esa belleza había desaparecido. Unos días viviendo con K lo habían logrado. El trabajo en la taberna no había sido fácil, pero más conveniente para ella. ¿O había sido el distanciamiento de K la causa real de su decadencia? La cercanía de Klamm la había hecho tan irresistiblemente seductora; seducido por ella, K la había tomado para sí y ahora se marchitaba entre sus brazos.

—Frieda —dijo K.

Ella dejó en seguida el molinillo de café y se acercó a K en el pupitre.

—¿Estás enfadado conmigo? —preguntó ella.

—No —dijo K—, creo que no puedes hacer otra cosa. Has vivido satisfecha en la posada de los señores, debí dejarte allí.


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