El Castillo

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K contempló esa invariable imagen triste y hermosa a un mismo tiempo, pero luego debió de quedarse dormido, pues al ser llamado por alguien en voz alta, se asustó y descubrió que su cabeza se apoyaba en el hombro del anciano que estaba a su lado. Los hombres, que habían terminado de bañarse —ahora le tocaba el turno a los niños que se movían por la cubeta vigilados por la mujer rubia—, se encontraban vestidos ante K. Resultó que el gritón de la barba era el más ordinario de los dos. El otro, no más alto que el de la barba, aunque con menos barba, era un hombre silencioso y pensativo, de ancha figura y rostro también ancho, que mantenía la cabeza inclinada hacia abajo.

—Señor agrimensor —dijo—, aquí no puede quedarse. Perdone la descortesía.

—Tampoco quería quedarme —dijo K—, sólo descansar un poco. Ya lo he hecho y me voy.

—Es probable que se sorprenda de la poca hospitalidad —dijo el hombre—, pero para nosotros la hospitalidad no es costumbre, no necesitamos huéspedes.

Refrescado por el sueño y más perspicaz que antes, K se alegró por las sinceras palabras. Se movió con más libertad, apoyó su bastón aquí y allá y se acercó a la mujer tendida en el sillón; por lo demás, él era el más alto en la habitación.


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