El Castillo

El Castillo

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—Cierto —dijo K—, para qué necesitan huéspedes. Pero en un momento u otro se necesita alguno, por ejemplo a mí, al agrimensor.

—Eso no lo sé —dijo lentamente el hombre—, si le han llamado, es probable que le necesiten, eso es una excepción; nosotros, sin embargo, gente humilde, nos atenemos a las reglas, eso no nos lo puede reprochar.

—No, no —dijo K—, sólo les puedo estar agradecidos, a ustedes y a todos los presentes.

E inesperadamente para todos, K se dio la vuelta y quedó ante la mujer. Ella miraba a K con sus ojos azules y cansados, un pañuelo de cabeza transparente de seda le llegaba hasta la mitad de la frente, la criatura dormía en su pecho.

—¿Quién eres? —preguntó K.

Con desdén, aunque no quedaba claro si su desprecio se dirigía a K o se refería a su propia respuesta, dijo:

—Una mujer del castillo.

Todo eso sólo había durado un instante, pero K ya tenía a su derecha e izquierda a cada uno de los hombres y, como si no hubiera ningún otro medio de comunicación, le llevaron hasta la puerta en silencio pero aplicando todas sus fuerzas. El anciano se alegró de algo y aplaudió, también la mujer que lavaba se rió cuando los niños comenzaron repentinamente a hacer ruido como locos.


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