El Castillo
El Castillo K se encontraba en la callejuela y los hombres le vigilaban desde el umbral de la puerta. Otra vez caÃa nieve, sin embargo parecÃa haber aclarado algo. El de la gran barba gritó impaciente:
—¿Adónde quiere dirigirse? Por aquà se va al castillo, por allà al pueblo.
K no le respondió, pero al otro, que a pesar de su superioridad le parecÃa el más tratable, le dijo:
—¿Quién es usted? ¿A quién tengo que agradecerle la hospitalidad? —Soy el maestro curtidor Lasemann, pero no le tiene que agradecer nada a nadie.
—Bien —dijo K—, quizá volvamos a encontrarnos.
—No lo creo —dijo el hombre.
En ese instante exclamó el de la barba con la mano levantada:
—¡Buenos dÃas, Artur! ¡Buenos dÃas, JeremÃas!
K se dio la vuelta. ¡Asà que en ese pueblo salÃa la gente a la calle! De la dirección del castillo venÃan dos jóvenes de estatura media, los dos muy delgados, con trajes estrechos, muy parecidos de rostro, de tez muy morena, pero con unas perillas tan negras que aun asà destacaban. Para la condición en que se hallaba la calle avanzaban sorprendentemente deprisa, dando grandes zancadas rÃtmicas con sus piernas delgadas.
—¿Adónde vais? —preguntó el de la gran barba.