El Castillo
El Castillo Sólo se podÃa hablar con ellos a gritos, tan rápido caminaban y no se detenÃan.
—¡Negocios! —exclamaron riéndose. —¿Dónde?
—¡En la posada!
—¡Hacia allà me dirijo yo también! —gritó K.
De repente, y más que cualquier otra cosa, sintió la gran necesidad de que le llevaran con ellos; trabar conocimiento con ellos no le pareció muy productivo, pero parecÃan alegres compañeros de camino.
Ellos oyeron las palabras de K, se limitaron a asentir con la cabeza y ya habÃan pasado de largo.
K aún permanecÃa en la nieve y tenÃa pocas ganas de levantar el pie para volver a hundirlo una vez más un poco más allá. El maestro curtidor y su compañero, satisfechos por haberse desembarazado definitivamente de K, se retiraron lentamente, no sin dejar de mirarle desde la casa por el resquicio de la puerta. K se quedó solo— rodeado de nieve.
—Una buena oportunidad para desesperarse un poco —pensó—, si me encontrase aquà por casualidad y no por mi propia voluntad.
En la casa situada a la izquierda se abrió de repente una ventana minúscula —cerrada habÃa parecido azul oscura, tal vez por el reflejo de la nieve—, y era tan pequeña que al permanecer ahora abierta no se podÃa ver todo el rostro de la persona que miraba por ella, sólo los ojos, unos ojos castaños y ancianos.