El Castillo
El Castillo Después de un rato, llamaron débilmente a la puerta.
—¡Barnabás! —gritó K, arrojó la escoba y en pocas zancadas ya estaba ante la puerta.
Horrorizada más por el nombre que por otra cosa, Frieda le contempló. Con las manos inseguras K no podÃa abrir el viejo cerrojo.
—Ya abro —repetÃa en vez de preguntar quién era el que llamaba. A continuación tuvo que ver cómo el que entraba por la puerta abierta no era Barnabás, sino un niño que ya con anterioridad habÃa querido hablar con K. Pero K no tenÃa ganas de acordarse de él.
—¿Qué buscas aqu� —dijo—. La clase es ahà al lado.
—Vengo de allà —dijo el niño, y miró tranquilamente a K con sus grandes ojos castaños, muy recto y con los brazos pegados al cuerpo.
—¿Qué quieres? DÃmelo rápido —dijo K, y se inclinó un poco hacia abajo, pues el niño hablaba en voz baja.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó el niño.
—Nos quiere ayudar —dijo K a Frieda, y luego al niño—: ¿Cómo te llamas?
—Hans Brunswick —dijo el niño—, alumno de cuarto curso, hijo de Otto Brunswick, maestro zapatero en la calle Madelein.