El Castillo

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XIII. HANS

Después de un rato, llamaron débilmente a la puerta.

—¡Barnabás! —gritó K, arrojó la escoba y en pocas zancadas ya estaba ante la puerta.

Horrorizada más por el nombre que por otra cosa, Frieda le contempló. Con las manos inseguras K no podía abrir el viejo cerrojo.

—Ya abro —repetía en vez de preguntar quién era el que llamaba. A continuación tuvo que ver cómo el que entraba por la puerta abierta no era Barnabás, sino un niño que ya con anterioridad había querido hablar con K. Pero K no tenía ganas de acordarse de él.

—¿Qué buscas aquí? —dijo—. La clase es ahí al lado.

—Vengo de allí —dijo el niño, y miró tranquilamente a K con sus grandes ojos castaños, muy recto y con los brazos pegados al cuerpo.

—¿Qué quieres? Dímelo rápido —dijo K, y se inclinó un poco hacia abajo, pues el niño hablaba en voz baja.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó el niño.

—Nos quiere ayudar —dijo K a Frieda, y luego al niño—: ¿Cómo te llamas?

—Hans Brunswick —dijo el niño—, alumno de cuarto curso, hijo de Otto Brunswick, maestro zapatero en la calle Madelein.


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