El Castillo

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—Así que te llamas Brunswick —dijo K, y se dirigió a él en un tono más amable. Resultó que Hans, por los arañazos sangrientos con que la maestra había castigado a K, se había irritado tanto que había decidido apoyarle. Por su propia cuenta se había escabullido de la clase contigua como un desertor, exponiéndose a un gran castigo. Podía deberse a las ideas infantiles que le dominaban. A ellas también correspondía la seriedad que se desprendía de todos sus actos. Su timidez sólo le había molestado al principio, luego se habituó a K y a Frieda y cuando le dieron un café se animó y tomó confianza, siendo sus preguntas vehementes y penetrantes, como si quisiera enterarse rápidamente de lo más importante para luego poder tomar decisiones por su propia cuenta en favor de K y Frieda. También había algo imperioso en su carácter, pero estaba tan mezclado con la inocencia infantil, que, medio en broma medio en serio, se dejaba someter. En todo caso acaparó toda la atención, habían dejado el trabajo y el desayuno se prolongaba. A pesar de que estaba sentado ante un pupitre, K en la mesa del maestro y Frieda en una silla a su lado, parecía que Hans era el maestro, como si examinase y juzgase las respuestas; una ligera sonrisa en su rostro parecía indicar que sabía muy bien que sólo se trataba de un juego, no obstante, más seria era su actitud ante el asunto, aunque quizá no era una sonrisa lo que se reflejaba en sus labios, sino la felicidad de la niñez. Sorprendentemente tarde reconoció que ya conocía a K, desde que éste estuvo en la casa de Lasemann. K se alegró de ello.


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