El Castillo
El Castillo Y así ocurrió que, al igual que se había puesto en camino hacia la posada, al recibir la contraorden se mostró dispuesto en seguida a ordenar antes la habitación para que la maestra pudiese trasladarse a ella con su clase. Pero tenía que trabajar deprisa, pues después tenía que traer el tentempié y el maestro ya estaba hambriento y sediento. K aseguró que lo haría todo según sus deseos; el maestro miró un rato cómo K se apresuraba a cumplir sus órdenes, cómo quitaba el jergón de paja, ponía los aparatos de gimnasia en su lugar y barría, mientras Frieda lavaba y frotaba la tarima. Ese celo pareció satisfacer al maestro, aún llamó la atención de que ante la puerta había preparado un montón de leña para la calefacción —no quería dejar que K abriese el depósito de leña— y se fue a ver a los niños con la amenaza de regresar e inspeccionar la tarea.