El Castillo
El Castillo —No lo sé —dijo Frieda, y miró la mano de K que mantenÃa la suya—, quizá no ha cambiado nada; si estás tan cerca de mà y me preguntas con tanta tranquilidad, entonces creo que no ha cambiado nada. En realidad, sin embargo —y retiró su mano, se sentó erguida ante él y lloró sin cubrirse la cara, mostrándole el rostro bañado en lágrimas como si no llorara por ella y, por lo tanto, no tuviera nada que ocultar, sino como si llorara por la traición de K y éste mereciese la desolación de esa visión—, en realidad todo ha cambiado desde que te he oÃdo hablar con el niño. Con qué inocencia comenzaste, preguntando por su situación doméstica, por esto y aquello, me pareció como si acabases de llegar a la taberna, solÃcito, sincero, buscando mi rostro con celo infantil. No habÃa ninguna diferencia con aquella vez y me hubiera gustado que la posadera estuviera aquÃ, te hubiese escuchado e intentase mantenerse en su opinión. Pero de repente, no sé cómo ocurrió, noté con qué intención hablabas con el niño. Con tus palabras compasivas ganaste fácilmente una confianza difÃcil de ganar para luego perseguir sin obstáculos tu objetivo, que yo iba identificando más y más. Ese objetivo era la mujer. A través de tus palabras aparentemente preocupadas se reflejaba sin ambages el interés exclusivo en tus asuntos. Has engañado a la mujer antes de ganártela. No sólo escuchaba en tus palabras mi pasado, también mi futuro, me parecÃa como si la posadera se sentara a mi lado y me aclarase todo y yo intentase apartarla con todas mis fuerzas, pero dándome cuenta de la imposibilidad de semejante esfuerzo y en ello en realidad ya no era yo la engañada, ni siquiera era yo ya la engañada, sino esa extraña. Y cuando hice un último esfuerzo y le pregunté qué querÃa ser y él dijo que querÃa ser como tú, esto es, que ya te pertenecÃa del todo, ¿qué diferencia podÃa haber entre él, el niño inocente del que se ha abusado aquÃ, y yo, de quien se abusó aquella vez en la taberna?