El Castillo
El Castillo —Todo —dijo K; al ir acostumbrándose a los reproches se habÃa serenado—, todo lo que tú dices es, en cierto sentido, correcto, no se puede decir que no sea verdad, sólo que es hostil. Son pensamientos de la posadera, mi enemiga, incluso si crees que son tuyos, eso me consuela. Pero también son instructivos, aún se puede aprender algo de la posadera. A mà no me los ha comunicado, aunque tampoco ha sido indulgente conmigo, es evidente que te ha confiado esa arma con la esperanza de que la emplearÃas contra mà en un momento especialmente malo o decisivo; si abuso de ti, ella también lo hace. Pero ahora, Frieda, piensa, aun cuando todo fuese exactamente tal y como lo cuenta la posadera, sólo serÃa muy grave en un caso, si tú no me amaras. Entonces, sólo entonces habrÃa ocurrido asÃ, que yo te habrÃa ganado con cálculo y astucia para beneficiarme de esa posesión. Quizá forme parte también de mi plan que aquella vez, para despertar tu compasión, apareciese ante ti con Olga del brazo, y la posadera ha olvidado añadir eso en mi cuenta. Pero si no se da ese caso, si no fue un astuto animal de rapiña el que se apoderó de ti entonces, sino que tú viniste hacia mÃ, del mismo modo en que yo fui hacia ti, y nos encontramos olvidándonos de nosotros mismos, dime, Frieda, ¿qué serÃa? Desde aquella vez llevo adelante tanto tus asuntos como los mÃos, no hay ninguna diferencia y sólo una enemiga puede hacer distinciones. Eso vale en todas partes, también respecto a Hans. Por lo demás, en tu delicadeza de sentimientos, exageras la conversación con Hans, pues si las opiniones de Hans y las mÃas no coinciden plenamente, tampoco llegan tan lejos como para que exista una contradicción, además, a Hans no se le han escapado nuestras diferencias, si creyeras eso, valorarÃas en muy poco a ese cauteloso joven y aun en el caso de que le hubieran quedado ocultas, nadie recibirá un daño por ello, al menos eso espero.