El Castillo
El Castillo —Es tan difÃcil orientarse, K —dijo Frieda, y sollozó—, no he tenido ningún recelo contra ti, me lo ha contagiado la posadera, y serÃa feliz de poder deshacerme de él y pedirte perdón de rodillas, como en realidad hago todo el rato, incluso cuando digo cosas tan malas. Pero cierto es que mantienes muchos secretos; vienes y vas, no sé adónde ni de dónde. Antes, cuando Hans llamó a la puerta, pronunciaste incluso el nombre de Barnabás. Si alguna vez me hubieras llamado a mà con tanto amor como por un motivo incomprensible gritaste ese nombre odiado. Si no tienes ninguna confianza en mÃ, cómo puedo impedir que no se origine desconfianza en mÃ, entonces estoy entregada a la posadera a quien pareces confirmar con tu comportamiento. No en todo, no quiero afirmar que la confirmas en todo, ¿acaso no has expulsado por mà a los ayudantes? ¡Ay, si supieras con cuánto anhelo busco algo positivo para mà en todo lo que haces y dices, aun cuando me atormente!