El Castillo
El Castillo Ante todo, Frieda —dijo K—, no te oculto nada: cómo me odia la posadera y cómo se esfuerza por apartarte de mà y con qué medios despreciables lo hace y cómo tú cedes ante ella, Frieda, cómo cedes ante ella. Dime en qué te oculto algo. Que quiero llegar hasta Klamm, ya lo sabes, que no puedes ayudar a lograrlo y que lo tengo que conseguir por mi propia cuenta, también lo sabes, que hasta ahora no lo he conseguido, ya lo ves. ¿Tengo que humillarme doblemente al contarte los intentos fallidos que ya en la realidad me humillan lo suficiente? ¿Tengo acaso que preciarme de haber esperado en vano, congelándome, al lado del trineo de Klamm durante toda una tarde? Feliz de no tener que pensar más en esas cosas, me apresuro a volver contigo y entonces encuentro que de ti emana esa actitud amenazadora. ¿Y Barnabás? Cierto, le espero. Es el mensajero de Klamm, no he sido yo el que le ha nombrado.
—¡Otra vez Barnabás! —exclamó Frieda—. No creo que sea un buen mensajero.
—Quizá tengas razón —dijo K—, pero es el único mensajero que me han enviado.
—AĂşn peor —dijo Frieda—, entonces más deberĂas guardarte de Ă©l.
—Por desgracia, hasta ahora no me ha dado motivo para ello —dijo K sonriendo—, viene raramente y lo que trae carece de importancia, sólo el hecho de proceder de Klamm es lo que le confiere valor.