El Castillo
El Castillo —Pero mira ahora —dijo Frieda—, ya ni siquiera Klamm es tu objetivo, quizá eso sea lo que más me intranquiliza; que quisieras llegar a Klamm por encima de mÃ, era malo, pero que ahora parezcas querer alejarte de Klamm es mucho peor, es algo que ni siquiera la posadera ha previsto. Según la posadera, mi suerte terminó, una suerte muy cuestionable pero real, con el dÃa en que tú viste definitivamente que tu esperanza en Klamm era vana. Ahora ni siquiera esperas ese dÃa, de repente entra un niño y comienzas a luchar con él por su madre, como si lucharas por oxÃgeno para respirar.
—Has comprendido correctamente mi conversación con Hans —dijo K—, asà fue realmente. Pero ¿se ha hundido tanto en tu recuerdo tu vida anterior —excepto, naturalmente, la posadera, que no se deja apartar— que ya no sabes cómo se debe luchar por avanzar, especialmente cuando se viene de abajo? ¿Te has olvidado de que hay que utilizar todo aquello que de alguna manera dé esperanza? Y esa mujer viene del castillo, ella misma me lo dijo cuando me perdà el primer dÃa y acabé en la casa de Lasemann. ¿Qué otra cosa se me podÃa ocurrir que no fuese pedirle consejo e, incluso, ayuda? Si la posadera conoce con exactitud todos los impedimentos que me separan de Klamm, esa mujer conoce probablemente el camino, pues ella ha bajado por él.
—¿El camino hacia Klamm? —preguntó Frieda.