El Castillo
El Castillo —Claro, hacia KIamm, ¿hacia dónde si no? —dijo K, que entonces se levantó de un salto.
—Pero ahora ya ha llegado el momento de que vaya a recoger el tentempié.
Frieda insistió en que permaneciera con una urgencia injustificada, como si sólo su permanencia confirmase todas sus palabras confortadoras. K, sin embargo, le recordó al maestro, señaló hacia la puerta, que en cualquier momento se podía abrir violentamente, prometió volver en seguida, ni siquiera tenía que encender la calefacción, él mismo lo haría. Finalmente, Frieda se sometió en silencio. Cuando K caminaba por la nieve —ya hacía tiempo que tenía que haberla retirado del camino, extraño lo lento que avanzaba el trabajo—, vio cómo uno de los ayudantes aún se aferraba a la verja muerto de cansancio. Sólo había uno, ¿dónde estaba el otro? ¿Había logrado romper K la resistencia de al menos uno de ellos? El que había quedado aún tuvo las energías suficientes, ya que, al ver a K, se animó de nuevo, extendió los brazos y comenzó a hacer girar sus globos oculares con anhelo.
—Su tenacidad es modélica —se dijo K, y se vio obligado a añadir—: Uno se congela con él en la verja.